Orden Sacerdotal

ORDEN SACERDOTAL

«Orden» indica un cuerpo eclesial, del que se entra a formar parte mediante una especial consagración (Ordenación), que, por un don singular del Espíritu Santo, permite ejercer una potestad sagrada al servicio del Pueblo de Dios en nombre y con la autoridad de Cristo.

El sacramento del Orden se compone de tres grados, que son insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

Una llamada

La Iglesia necesita numerosos y santos sacerdotes que pastoreen el rebaño del Buen Pastor en su nombre, que unan a los hombres con Dios a través de los Sacramentos, que entreguen su vida para la gloria de Dios y vida de las almas.

El sacerdote es el hombre que más poder tiene en la tierra, porque puede hacer que Dios baje desde el cielo. Pero ese poder es un poder de servicio, en favor de todo el Pueblo de Dios. ¡Qué hermoso es dedicar la vida entera a estar con Jesús, siendo de sus amigos íntimos, y al servicio de los demás!

Si crees que el sacerdocio puede ser tu vocación, no dudes en contactar con los sacerdotes o consagrados de la parroquia.

¡Jesús sigue llamando!… ¿Y si te llama a ti?

«Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía”».

Lucas 22, 19

«Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir».

Código de Derecho Canónico, c. 1008

«La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el bautismo, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama "sacerdocio común de los fieles". A partir de este sacerdocio y al servicio del mismo existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el sacramento del Orden, cuya tarea es servir en nombre y en la representación de Cristo-Cabeza en medio de la comunidad».

Catecismo de la Iglesia Católica, 1591

«Yo tengo fe... Y porque ésta es para mí más cierta que lo que me puedan decir los sentidos y más clara que el resplandor del sol del mediodía, creo en el Sacramento de la imposición de las manos del Obispo con todos los poderes que el sacerdote del Nuevo Testamento, por ella, de Cristo recibe.

Por lo que veo en él al ungido de Dios que, por medio de los Sacramentos, es capaz, por su palabra sacerdotal, en y por el ejercicio de su sacerdocio, participando de la plenitud del Sacerdocio de Cristo, por el derramamiento sobre él de esta misma plenitud, de hacer lo que sólo el mismo Cristo puede hacer y realizar por su potestad divina como Unigénito de Dios, hecho Hombre por la unión hipostática de su naturaleza divina y su naturaleza humana.

Y al depositar Jesús en manos de sus Apóstoles los Sacramentos, llenándolos de todos los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo para la expansión de la Iglesia y santificación de las almas; enviándoles a predicar: “id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura; el que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará”, “como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo”; les dio sus mismos poderes».

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, Opúsculo nº 17, pp. 39-40

Vida Consagrada

La vida consagrada es la dedicación total a Dios como a su amor supremo. Es la entrega, por un nuevo y peculiar título, a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo. Es la dedicación al servicio del Reino de Dios mediante la perfección de la caridad y a ser signo preclaro de la gloria celestial. Y todo esto vivido mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

El don de la consagración lo ha recibido la Iglesia de Cristo, su Cabeza, para, a aquellos elegidos para seguirle hasta el final, configurarlos con Él de un modo tan pleno que su vida sea un grito de ¡¡Sólo Dios!! No hay nada más grande, ni más sublime, ni más trascendente, ni más necesario, ni mejor. Todos lo poseeremos un día en la eternidad, pero los consagrados adelantan esta vida de cielo para vivir ya aquí sólo y exclusivamente para Dios.

Y Jesús sigue llamando… No tengáis miedo, que es el Amor Infinito el que sale a vuestro encuentro. Con sinceridad, con pureza de corazón, con generosidad miradle a sus ojos, por los que destella la Verdad que consagra en ella a los que Él llama y lo siguen.

«En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió».

Mateo 9, 9-11

«La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial».

«El estado de quienes profesan los consejos evangélicos… pertenece a la vida y a la santidad de la Iglesia, y por ello todos en la Iglesia deben apoyarlo y promoverlo».

Código de Derecho Canónico, cc. 573-574

«Cuando Dios llama a un alma a la consagración, es para hacerla una cosa con Él, para que viva solamente de Él, para que se entregue total e incondicionalmente, sin reservas, a la acción del Espíritu Santo…, de tal forma que deje de ser ella para ser Dios por participación…».

«Si no vives de sólo Dios, no sabrás de sabor divino, ni la dulzura que encierra tu consagración, porque el secreto de ella está encerrado en la donación de tu vida a sólo Dios, y en el vacío total de todo lo que no sea Él y su gloria».

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, La Iglesia y su misterio, pp. 537 y 541