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Homilía: 4º Domingo de Adviento

Quedan solo 5 días para Navidad. Permitidme que os recuerde algo que todos sabéis: en Navidad celebramos el nacimiento de Jesucristo. Pero mirad, no solamente celebramos el momento del nacimiento, sino todo lo que eso significa.

Y para entender en toda su profundidad qué significa el nacimiento de Cristo, la Liturgia de hoy nos presenta el quid de la cuestión, el misterio escondido que se hace visible en Navidad: Dios se hace hombre para salvarnos. Por eso, el Evangelio de hoy nos lleva al gran momento de la Encarnación. En él, el Dios infinito y excelso, feliz y repleto, que vive contento en familia y al que no le falta nada, viene para restaurar al hombre caído en el pecado y en las tinieblas de muerte. En el momento de la Encarnación, Dios y el hombre se unen en Cristo. Y ahí tenemos a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. De modo que todo lo que hace o parece o dice Jesús, lo hace Dios: Dios puede pasar frío, llorar, crecer, sufrir, morir… Solo hay un «Yo» en Jesús el «Yo» divino. Así, se puede cumplir con justicia esa reparación, que exigía que el hombre dijera un sí tan grande que reparara a la santidad infinita.

Y en el centro de este misterio de la Encarnación, tenemos a María. Ella fue creada por Dios sin mancha, como celebrábamos el otro día, para este momento. Ella fue preparándose durante toda su vida y, aun así, el misterio la desborda. Ella dice un sí total e incondicional a Dios y, gracias a él, «el Espíritu Santo vino sobre ella» de una forma especial, «y el Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros».

También ahora, en la Sta. Misa, el Espíritu Santo va a venir sobre estos dones que vamos a presentar para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de ese mismo Jesús que la Virgen llevo en su seno. Es como una especie de misterio de la Encarnación. Que esta celebración nos ayude a entrar en el misterio que vamos a celebrar estos días.

Y antes de terminar, quisiera compartir con vosotros una idea para este año. La pandemia va a provocar que la Navidad sea distinta en muchos aspectos, porque no vamos a poder hacer muchas cosas. Os propongo que veamos esta circunstancia como una oportunidad en vez de como un contratiempo. En estas fechas solemos estar muy ocupados en quehaceres extraordinarios, que a veces nos agobian y nos hacen perder de vista la parte interior, profunda, espiritual. Vamos a aprovechar este año para vivir la Navidad mejor que nunca. Vamos a limpiar nuestra alma con la confesión, vamos a dedicar más tiempo a estar con Jesús, a hablar más de Él en casa, a practicar más la caridad, y a ayudar a los demás para que tengan también ellos un encuentro con el Niño Jesús.

Que María, con quien hemos vivido todo este tiempo de Adviento, nos ayude a vivir esta Navidad tan especial mejor que nunca.