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Homilía: 28º Domingo del Tiempo Ordinario

Un joven se acercó a Jesús. Un joven bueno, que había cumplido todos los mandamientos desde niño. Un joven que tenía una inquietud, una inclinación a llenarse más de Dios. Por eso le pregunta : “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le responde con lo que todos tenemos que hacer para llegar al cielo: cumplir los mandamientos. Pero a este joven, sigue diciendo S. Marcos, Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: “Deja todo; ven y sígueme”.

Aquí, la mayoría están llamados a formar una familia, pero algunos son llamados por Jesús con una mirada y un amor especiales, a renunciar incluso a cosas que son buenas, para entregarse totalmente a Dios. Todos estamos llamados a llegar a la eternidad, y allí ya no habrá maridos ni mujeres, los padres no tendrán que cuidar de sus hijos, no habrá dinero ni posesiones… es decir, muchas cosas que son solo para este mundo desaparecerán. ¿Y qué quedará? Lo verdaderamente importante: el amor sobrenatural que hayamos tenido a Dios o a los demás. Quedaremos nosotros, formando la gran familia de los hijos de Dios. Y sobre todo quedará el Señor, que nos llenará de su vida hasta hacernos “reventar” de felicidad. Pues bien, la vida consagrada es como un adelanto de la vida del cielo: los consagrados entregan su corazón totalmente a Dios, que se convierte en el Esposo de sus almas, en su todo; y su familia es la gran familia de la Iglesia, por la que se entregan día a día.

Qué importante es que todos valoremos este don de la vida consagrada. No todos están llamados a ella, pero sí todos nos beneficiamos de ella. Porque las personas consagradas son un testimonio vivo de la vida del cielo en medio de este mundo. Porque ellas dedican gran parte de su vida a interceder por los demás ante Dios. Porque de entre ellas, surgen los sacerdotes, que permiten que nos llegue la vida divina a través de los sacramentos.

¿Y de dónde salen los consagrados? Pues de las familias. Por ello, los padres deben preguntarse si, de entre todas las cosas que están inculcando en sus hijos, está también la grandeza de la consagración a Dios. A algunas personas, por desconocimiento, les cuesta que sus hijos se hagan sacerdotes o consagrados… Si supieran que es el don más grande que Dios puede darles como familia… Pensad en lo contenta que estaría la madre de S. Juan, por ejemplo, o del Papa Francisco, de ver a sus hijos como apóstoles…

Niños y jóvenes, ¡Jesús sigue llamando hoy! El joven del Evangelio podría haber sido uno de los doce, y sin embargo se marchó triste, porque no respondió a la llamada de Jesús. Si sientes en tu corazón la llamada a estar cerca de Jesús, a hablar de Él a los demás… ¡dile que sí! No te arrepentirás.

Pidamos todos, por intercesión de María, para que el Señor suscite numerosas y santas vocaciones, y por la fidelidad y perseverancia de los que ya estamos consagrados. Así, haremos más presente en el mundo a Dios, que es lo “único bueno”, lo único importante.