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Homilía: Solemnidad de Pentecostés (ciclo C)

Los apóstoles, por miedo a los judíos tenían las puertas cerradas. Y, en torno a María, estaban esperando este gran Don que el Señor les había prometido. También a nosotros nos ha prometido que va a estar con nosotros hasta el fin de los tiempos y que va a dar el Espíritu Santo a los que se lo pidan. Y esas promesas, Él ya las está realizando, porque de hecho hay cantidad de maneras en las que el Espíritu Santo actúa, está actuando.

El Espíritu Santo es el amor de Dios, es el que consuma en la unidad al Padre y al Hijo de forma que, aunque son tres Personas, es un solo Dios. Por eso, cuando Dios quiere formar con los hombres una gran familia en la que todos estemos unidos, nos envía el Espíritu Santo: aquel que realiza la unión en Dios es el que mejor puede realizar la unión entre nosotros y de nosotros con Dios.

Y, ¿cómo realiza esa unión? Mediante la acción del Espíritu Santo. Dios no puede dejar de ser Santo, a pesar de que se ha hecho hombre. Somos nosotros, que no éramos santos porque estábamos hundidos en el pecado, los que tenemos que elevarnos, que santificarnos para que ser capaces de unirnos con Dios. Es el Espíritu Santo, por tanto, el que nos transforma y diviniza.

Y lo hace de muchas formas: la principal es en los sacramentos. Por eso en cada uno de ellos se invoca al Espíritu. Os invito a que os fijéis hoy especialmente en todas las veces que nombramos al Espíritu Santo en la Misa, sobre todo en el momento de la consagración, cuando el sacerdote impone las manos sobre las ofrendas del pan y del vino y todos nos arrodillamos. Escuchad lo que dice el sacerdote. Es el Espíritu Santo el que realiza esa transformación el cuerpo y la sangre de Jesús. Y en cada sacramento pasa lo mismo: sacerdote invoca al Espíritu Santo para que realice lo que el sacramento significa.

Por otro lado, el Espíritu Santo se derrama en su Iglesia, especialmente en sus Pastores, y a cada uno de nosotros, que somos “alma-Iglesia”, como dice la Madre Trinidad. Él se derrama en nosotros, y hay algunos días en nuestra vida que este derramamiento se produce más fuertemente. Pues hoy es un día de esos, porque toda la Iglesia en todo el mundo está celebrando este día, está invocando al Espíritu Santo. El Espíritu es capaz de abrasar con su fuego todas esas cosas que sobran en nuestra vida, de llenar tu alma de la luz y de la paz que todos necesitamos, de derramar en nosotros sus dones, que son “disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil a los impulsos del Espíritu Santo”.

Por eso, invócalo tú también hoy, porque no es una cosa automática. Dios es tan respetuoso con nuestra libertad, que está esperando a que se lo pidamos. Pídele hoy: “Espíritu Santo, ven, y derrama sobre mí…:

  1. El don de sabiduría, para que yo saboree el conocimiento que Tú me das, para que yo tenga como algo propio, como algo que atesoro en mi corazón, esta relación contigo
  2. Entendimiento, para que yo entienda y profundice en ti. Para que no me quede en la cáscara, sino que vaya avanzando en tu conocimiento.
  3. El don de consejo, para saber lo que debemos decidir personalmente y para escuchar y orientar a los hermanos en decisiones concretas.
  4. Ciencia, para saber cuál es tu voluntad en las cosas de la vida ordinaria, para que saber qué decisiones tomar, para ver tu providencia en los acontecimientos,
  5. El don de piedad, para buscar la oración, que es donde el Señor se derrama, para no venir a Misa como una costumbre sin más, sino con alegría, sabiendo que me está esperando el Señor.
  6. Fortaleza, para resistir los ataques del enemigo, para superar las dificultades de esta vida, para cargar con las enfermedades y la cruz, y seguir adelante con valentía.
  7. El don de temor de Dios, para que darme cuenta de lo pequeño que soy y de lo grande que eres Tú, y así jamás me separe de ti.

A cada uno, el Espíritu le dará los dones que Él quiera –lo hemos escuchado la segunda lectura– para construir esta familia maravillosa de Dios que es la Iglesia.

Vamos a pedírselo de verdad con fe, con confianza y por intercesión de la Virgen. Sin ella, no tendríamos a Jesús y no tendríamos al Espíritu. Que ella nos alcance el Don del Espíritu, nuestro Consolador e Intercesor.