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Homilía: Natividad del Señor

Estamos acostumbrados a ver todas las cosas desde nosotros mismos. Hoy, os invito a que miréis al misterio de la Navidad desde Dios.

S. Juan nos ha hablado del Verbo, que estaba junto a Dios y era Dios. Si intentamos mirar esto desde allá arriba, descubrimos que Dios vive feliz en su familia, donde están el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo. El Padre pronuncia a su Verbo, allí dentro, en el amor del Espíritu Santo para que cante, lleno de amor y alegría, todo lo que Dios vive, todo lo que Dios es. ¡Y qué contento está el Padre al escuchar a su Verbo, y qué contento está el Verbo al cantar a su Padre, y qué contento está el Espíritu Santo al ser el abrazo de los dos!

Y ese mismo Verbo es el que el Padre pronuncia hacia nosotros para que venga a nuestra tierra y se haga carne en María en el amor del Espíritu Santo, para que nos cante a los hombres lo que es Dios y nos invite de nuevo a vivir con Él en su contento eterno. Para que nos lo cante como verdadero Dios, como solo el Verbo puede hacerlo. Para que nos lo cante como verdadero hombre, que conoce y comparte nuestra debilidad. ¡Y qué contento está el Padre de tener a su Hijo en la tierra y al hombre unido de nuevo a Él, y qué contento el Verbo por cantar a los hombres la canción que siempre canta en el cielo, y qué contento el Espíritu Santo al unir en su amor al cielo con la tierra!

Esta es la gran alegría de la Navidad: Dios y el hombre se abrazan en el Verbo hecho carne. Entremos en ella, saquemos todo el jugo que esto encierra. Cantemos y alabemos a Dios, que ha hecho maravillas. Recibamos a ese niño, que viene a cantarnos con su llanto, con su mirada, con su sonrisa, con su vida entera, la misma vida divina.

Pero la Navidad también es misterio de rechazo. No todos, no siempre acogemos a Jesús…

Vamos nosotros a acoger al Señor. Y acogerlo significa ponernos ante el misterio de su nacimiento y entender que todo forma parte del plan magnífico de Dios para salvarnos. Significa escuchar, con espíritu humilde, su voz que sigue sonando en su Iglesia. Significa estar dispuestos a decirle que sí a todo, aunque nos cueste, aunque no esté de moda, aunque tengamos que cambiar muchas cosas en nuestras vidas. Significa pedirle ayuda. Significa confiar en Él y, con Él, en la Virgen María y en S. José, que nos quieren llevar de la mano.

Este año, en el que estamos valorando más lo esencial, miremos la Navidad desde Dios, y démosle el contento de que nosotros sí queremos recibirlo. ¡Acojamos a Jesús!