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Homilía: 3er Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús fundó una Iglesia. Una gran familia de la que Él es la cabeza, y por eso es santa. A ella están llamados todos los hombres del mundo para convertirse en miembros de ese cuerpo, y por eso es católica. Una institución divina y humana que quiso confiar a sus apóstoles (a quienes empieza a elegir en el Evangelio de hoy) y a sus sucesores los Obispos para que la continuaran durante todos los tiempos, y por eso es apostólica.

Pero, a lo largo de los siglos, algunos de esos miembros de la Iglesia se han separado de ella. En esta semana, estamos orando para que todos los bautizados, y por tanto miembros de la Iglesia, formemos de nuevo una sola familia. Pedimos por nosotros, los católicos, para que sepamos vivir en profundidad y manifestar en autenticidad la gran riqueza que la Iglesia encierra en su seno: al mismo Dios. Pedimos por los ortodoxos, que casi lo único que les falta es aceptar al Papa como cabeza de la Iglesia. Pedimos por los protestantes y los anglicanos, que son también muy numerosos.

El Papa Francisco ha querido que este día, que cae en medio de esta semana de oración por la unidad de los cristianos, celebremos el domingo de la Palabra de Dios. Y es que la Palabra de Dios es algo que todos los cristianos tenemos en común, y por ello, tenemos que aprovechar este medio precioso para buscar la unidad querida por el mismo Cristo: “Que todos sean uno, Padre, como tú y yo somos uno”.

¿Y qué es la Palabra de Dios? Es la recopilación de unos textos escritos por autores inspirados por el Espíritu Santo y que recogen gran parte de lo que Dios nos ha querido comunicar. No lo olvidemos: la Palabra de Dios, el Verbo de Dios es el Hijo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Él está siempre diciendo al Padre todo lo que Él es, todas sus perfecciones, toda su grandeza. El Padre nos lo envió a la tierra para que nos dijera todo eso que siempre dice en el cielo. Y el Hijo vino y nos lo dijo con sus palabras, con sus milagros, con su vida. Una parte de esa comunicación de Jesús y los apóstoles se puso por escrito, y es el Nuevo Testamento. Así como una parte de lo que Dios fue enseñando al Pueblo de Israel se escribió también y forma el Antiguo Testamento.

Por todo ello, la Biblia o la Palabra de Dios es uno de los grandes tesoros de la Iglesia, porque el Verbo nos habla a través de ella. Sobre todo, cuando se proclama en la Liturgia, porque entonces desaparecen el tiempo y el espacio y se hace presente lo que se está leyendo. Pero también cuando la leemos en familia, o en particular; Dios nos habla a través de ella, nos ilumina, nos corrige, nos anima, nos instruye, nos consuela.

Os propongo que, cada día, leáis las lecturas de la Misa del día. Actualmente, tenemos la Biblia a nuestro alcance más que nunca en la historia: con una estupenda traducción de la Conferencia Episcopal y en muchos formatos: en el libro de la Biblia, en la web de la parroquia, en aplicaciones como ePrex… Haced la prueba; veréis cómo os sorprende y os gusta ese ratito de oración con la Palabra de Dios.

Que María, que acogió como nadie a la Palabra del Padre, nos enseñe a recibirla con corazón humilde.