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Homilía: 33º Domingo del Tiempo Ordinario

Nos acercamos al final del año litúrgico, y las lecturas de hoy nos hablan de la segunda venida del Señor. Una venida que no será como la primera, envuelta toda ella en la humildad y el silencio, y que celebramos cada año en Navidad. La segunda venida será en plena luz, ante la mirada de todos los hombres de todos los tiempos: los que estén vivos entonces y todos los que ya hayan muerto, que resucitarán en ese momento. Aquel día, todos recibiremos la luz de Dios para ver nuestra propia vida, y nosotros solos reconoceremos el lugar que nos corresponde para toda la eternidad.

Jesús, en el Evangelio, nos habla hoy de que aquel día estará precedido por unos signos portentosos en el cielo y en la tierra, de grandes sufrimientos. Quizá a nosotros, siempre curiosos, nos gustaría saber exactamente cuándo y cómo sucederá todo esto, pero no nos lo quiso revelar el Señor.

Lo que sí nos dijo es que esto sucederá de verdad: que Él vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos. El juicio final será la manifestación definitiva de lo bien que ha hecho Dios las cosas, de lo maravilloso que es su plan sobre nosotros, de lo abundantemente que ha derramado su misericordia, y también de nuestra respuesta: positiva o negativa. La salvación no es automática. Tampoco se consigue solo con nuestras propias fuerzas, por muy buenos que seamos. Nos salva Jesús; nosotros solo tenemos que decirle que sí, pero poniendo en juego toda nuestra libertad, todo nuestro ser.

Hermanos, la vida se pasa volando. El Señor está siempre cerca, siempre a la puerta. Mañana mismo nos presentaremos ante Él. Y en aquel día del juicio final, o en el de tu juicio particular tras tu muerte, ¿dónde querrás estar? ¿Con los que le han dicho que sí, se han lavado en la sangre del Cordero, se han dejado perdonar y santificar? ¿O con los que le han dicho que no, han rechazado su misericordia, han preferido los placeres inmediatos y caducos en vez de la felicidad eterna? Y es que solo hay dos “para siempres”: o con Dios o sin Dios –aquel día ya se terminará el purgatorio, y los que se hayan purificado allí pasarán al cielo –.

Seguro que todos nosotros queremos decirle que “sí”. Pero no pensemos que nos va a sentar un día en un pupitre, nos va a poner un examen y nos va a decir: “¿Qué respondes: sí o no?”. ¡El examen es nuestra vida! Por eso, qué importantes son todos los “síes” que decimos al Señor, aun en las cosas aparentemente más pequeñas, aunque no nos vea nadie. Cada sí es una alegría que le damos al Señor porque nos ve dar un paso hacia el cielo, es un fortalecimiento de nuestra propia voluntad. Por eso, digamos siempre que sí a Dios. No dudemos de que merece la pena. Ahora es nuestro tiempo, nuestra oportunidad. Vamos a aprovecharla.

Y hagámoslo con plena confianza en el Señor. Él es el Juez justo y, al mismo tiempo, es el Salvador misericordioso. Repitamos con el salmo de hoy: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Que Él sea nuestro refugio donde descansamos tranquilos, y que nos libre de todo aquello que nos aparta de su voluntad.

Pidamos a María, que siempre dijo que sí al Señor, que nos alcance la luz y la fuerza necesarias para conocer lo que Él quiere y responderle siempre que sí.