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Homilía: 31º Domingo del Tiempo Ordinario

Un escriba se acerca a Jesús para hacerle una pregunta sincera: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Jesús contesta lo mismo que dejó escrito Moisés: “…amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser… y amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”.

Y es que, tan importante es el amor, que podríamos explicar toda la historia de la salvación desde el punto de vista del amor: Dios es amor en sí mismo. Dios nos crea por amor, no porque nos necesite, sino para hacernos partícipes de su felicidad. Y también, al crearlos, lo hace “a su imagen y semejanza”, por lo tanto nos crea para el amor. Entonces nosotros no supimos corresponder a su amor y le dijimos que no, esto es el pecado. Pero su amor infinito es más grande que nuestro desamor, y por eso nos da la oportunidad de volvernos a Él: la salvación. Y para perpetuar su amor durante todos los tiempos, funda la Iglesia, para que todos los hombres de la historia podamos vivir su Vida.

Por tanto, la base de la moral cristiana, es decir, del comportamiento que debemos tener en nuestra vida, es el amor. Nuestro fin y sentido es formar esa unidad que está en la base del plan de Dios: unidad que es la gran familia de Dios y todos los hombres.

En un mundo que se guía por otras categorías: el interés, el beneficio, la conveniencia, la lucha por subir…, en un mundo donde el egoísmo parece un atajo a la felicidad, estamos llamados a vivir y a testimoniar sin complejos que el amor es el verdadero camino a la plenitud y la felicidad.

¿Y qué es el amor? El amor no es solo un sentimiento o una emoción; ni tampoco es solamente un esfuerzo o un buen propósito. Sobre todo, el amor es unión, y para la unión es necesaria la entrega. Por tanto, el amor es entrega, es donación, es búsqueda del bien de la persona amada sin esperar nada a cambio, es la decisión de permanecer unidos, cueste lo que cueste… y llena el alma de felicidad y de paz.

Para poder amar de verdad, contamos con una inestimable y necesaria ayuda: el Espíritu Santo, que es el amor infinito y el amor en Persona, que es la fuente de todo amor verdadero. Para vivir una vida de amor sincero y verdadero a Dios y a los demás, lo primero que necesitamos es abrirnos a la acción del Espíritu Santo, para participar de Él y amar con su mismo amor. Si no, todos nuestros propósitos se desvanecerán a causa de nuestra debilidad y nuestra pequeñez.

Hoy Jesús nos recuerda que lo primero es amar. Amar a Dios y a los demás, pues ambas cosas son inseparables.

María, Madre del Amor, alcánzanos llenarnos con el amor del Espíritu Santo para que Él restaure nuestro corazón herido por los sufrimientos de esta vida, y seamos capaces de amar de verdad a Dios y a nuestros hermanos.