Liturgia e Icono de la Fiesta de la «Entrada-Presentación» de María en el Templo (21 Noviembre)

Una iconografía común entre Oriente y Occidente

En el Oriente cristiano este es uno de los doce iconos más importantes, ya que cada una de las doce fiestas principales tiene el suyo propio. Entre las fiestas establecidas por la Iglesia en honor de la Virgen Maria está la celebrada el 21 de noviembre, es una de las cuatro festividades marianas que la cristiandad occidental adoptó de la oriental: La Presentación-Entrada en el Templo, la Anunciación, la Natividad y la Asunción-Dormición de la Madre de Dios.

Tal como sucede en el pasaje de la Natividad de María, el pasaje carece de fuentes directas en la Sagrada Escritura y de un relato histórico cronológico, sin embargo, se hará uso de las fuentes apócrifas y de leyendas piadosas muy antiguas, en concreto, debemos destacar tres: el Protoevangelio de Santiago (siglo II), el Evangelio del Pseudo Mateo (siglo IV), y el Libro de la Natividad de María (que es una versión del inmediatamente anterior realizada en el siglo IX). A pesar de la rápida expansión de estos escritos la celebración litúrgica tarda en establecerse.

La tradición más antigua es la dedicación de la iglesia de Santa María la Nueva en el año 543, el 21 de noviembre, construida cerca del Templo de Jerusalén por el emperador Justiniano, dentro del cerco de la ciudad. La fiesta de esta dedicación se entremezcla con la devoción popular de la presentación de María en el Templo y se crea la fiesta en esta misma fecha.

Algunos Padres de la Iglesia griega predicarán con entusiasmo. Contribuyeron a su aceptación algunos como San Andrés de Creta (+ 740), San Germán (+ 733), Tarasio (+ 733), los dos últimos Patriarcas de Constantinopla: Sergio de Jerusalén (s. IX) y Jorge de Nicomedia (s. IX). Éste último es el autor del canon de los maitines de la fiesta que nos ocupa. Otros más tarde la defienden con entusiasmo como San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén y San Juan Damasceno; en Occidente San Ambrosio.

En algunos de los lugares más importantes del Imperio Bizantino se festaja con gran fuerza en el siglo VI, por ejemplo, en la misma Constantinopla, donde cobra su esplendor en el siglo VIII. Finalmente el emperador Manuel I Comneno, el Grande, la convierte en fiesta oficial para todo su imperio en el año 1143.

A partir del siglo del siglo X la fiesta es introducida en Occidente de modo paulatino. La comenzamos a encontrar en manuscritos esporádicos como el de Cesena (S. X), en un calendario de Winchester (s. XII) y en unos calendarios húngaros del 1200. Ésta influencia se va introduciendo por el contacto de los pueblos recién evangelizados de la zona eslava, que pasa a ser de influencia latina, y las múltiples colonias bizantinas presentes en ámbito latino (sobre todo en la península itálica).

Será a partir de 1372 cuando se establezca la fiesta litúrgica oficial, por el Papa Gregorio XI, que la introdujo en el calendario pontificio (en el exilio de Avignon), a petición del rey Carlos V de Francia. Primero la aceptan los franciscanos, luego los carmelitas en 1391 y los cartujos 1474.

Los papas Pío II (+ 1464) y Sixto IV (+ 1484) la fomentaron con entusiasmo. El papa Pío IV (+ 1565) la introduce en el breviario, aunque luego fue suprimida por s. Pío V (+ 1572) por tratarse de una fiesta de origen apócrifo. Será el papa Sixto V (+ 1590) el que restablece la fiesta de orden menor, pero con doble rito, aprovechando el formulario de la fiesta de la Natividad de María. De modo que ambas fiestas y ambos iconos deben verse juntos, del mismo modo que el icono de la Natividad de Belén y el de la Presentación del Niño Jesús en el Templo.

A Occidente nos llega gran parte de estas historias gracias a uno de los recopiladores más importantes: Santiago de la Vorágine (s.XIII). En su Leyenda Áurea recopila la vida de muchos santos y también estos pasajes que eran muy apreciados, ya que son una gran síntesis de historias del primer milenio y, gracias a ésta llegan a la Iglesia latina. Muchas de estas historias del primer milenio sirven para pintarlas en el segundo milenio.

Esto lo podemos ver también dentro de los libros impresos con láminas para la devoción que se elaboraban en grabado, de origen flamenco, muy difundidas por la Compañía de Jesús. En particular, el libro de las escenas de la vida de la Virgen María con dibujos de Ioannes Stradanus y grabados de los hermanos Collaert, editado en Amberes en 1613, que son fuentes indispensables para el historiador del arte. En este caso se pone en paralelo con la escena de los desposorios de María y José. Estos dibujos los han usado los grandes maestros del manierismo y barroco europeos. Cuando los vemos nos damos cuenta de su influencia en los grandes maestros que los custodiaban en su taller con gran celo.

Hubo varios intentos posteriores de suprimir la fiesta por su carácter apócrifo, pero fue perseverando la devoción popular y el gran influjo de esta fiesta en el Oriente. En Occidente hubo que re-simbolizarla hacía otras connotaciones que no fueran históricas por la cuestión luterana. Se hablaba de la personal y autónoma consagración de María a Dios a los tres años de edad. Así se reafirmaba el carácter de la Inmaculada Concepción, el deseo de consagración de María a Dios y la virginidad perpetua de María. Se aprovechaba para introducir algunos elementos para relacionar a María con el Nuevo Templo de Dios, la Nueva Alianza en el Nuevo Arca de su Seno Virginal; así como otras escenas de María tejiendo el velo del Templo, que se rasga cuando muere su Hijo en la Cruz, y donde Ella está como testigo y mediadora de todas las gracias. Además se intenta poner en relación con otra escena de la que sí sabemos por el evangelio, pero que no sabemos sus detalles precisos: el matrimonio de María con José. En los apócrifos se nos narra la historia del carpintero anciano viudo en una historia que recuerda mucho a la vara florida de Aaron, relatada en el libro del Éxodo.

El icono oriental y la imagen occidental siguen la iconografía de lo que relatan los apócrifos mencionados más arriba. San Joaquín y Santa Ana, los padres de María, portan a su hija a Jerusalén para consagrarla en el Templo a la edad de tres años. Aquí María llevará una vida de recogimiento y oración, de servicio al Templo y a Dios, al modo de lo que hacían otras doncellas de la época. Se nos presenta de dos formas. En el icono oriental se nos puede representar entregada por sus padres, o subiendo por su propio pie las gradas del santuario, como ocurre casi siempre en occidente. Es recibida por el Sumo Sacerdote.

¿Qué elementos surgen en la miscelánea de los textos apócrifos que nos genera esta interesante iconografía?

1.- La protagonista principal es María, una niña de tres años. Los secundarios son sus padres, Joaquín y Ana y, por último, el Sumo Sacerdote.

2.- Un grupo de doncellas a modo de coro, que muchas veces aparecen en la iconografía, sobre todo occidental, con candelas encendidas.

3.- El lugar es el templo de Jerusalén, que dentro de la iconografía cobra un papel esencial simbólico. En occidente se presenta con quince peldaños de acceso.

Respecto al Icono de la Iglesia Oriental debemos saber que no conservamos imágenes antiguas de esta fiesta, a pesar de lo difundida que estaba. Esto ocurre en múltiples ocasiones en la destrucción de los iconos de las guerras iconoclastas (finalizadas en el año 843), que no nos permiten tener conocimiento de imágenes más antiguas. De momento, la más antigua está fechada en el año 985, del Menologio de Basilio II. Dentro de las imágenes iconográficas bizantinas más conocidas y populares encontramos una obra musiva del siglo IX en Dafni, así como el fresco de de la Iglesia de Studeniça, en Serbia (1314), el mosaico de San Salvador de Chora (1320) y un icono ruso conservado en San Peterburgo (s. XIV).

Este icono bizantino pinta la Virgen-niña en dos momentos diacrónicamente distintos: en el exterior del templo y una vez superadas las gradas (en este caso menos de las quince occidentales). Esta segunda escena es dentro del Templo, donde en el altar del pontífice tiene su trono, está el altar, donde un ángel alimenta a María durante once años. En el icono de la escuela de Macedonia, de un iconógrafo del que conservamos su nombre, Manuel Panselinos, que se conserva en la iglesia del protaton del monasterio de Karies, en el Monte Athos, podemos contemplar a la Virgen-niña con sus padres, acompañada de otras doncellas, recibida por una joven llamada Ana y un Sumo Sacerdote llamado Zacarías (aquí se ve el juego de nombres, que intenta relacionar con personajes históricos de los evangelios canónicos).

Sin embargo, en Occidente se representa un solo plano de una única escena. La Virgen-niña que asciende por los quince escalones mencionados por los apócrifos y deja atrás a sus padres, para ser recibida por el sacerdote del templo. La más antigua de estas representaciones de occidente es la del siglo XI en un manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de París, luego en el siglo XIII y XIV florecen muchos otros. Será en Francia donde más arraigue esta iconografía, para luego extenderse por toda Europa, especialmente en Italia.

Lo que más llama la atención en la iconografía occidental es que, salvo excepciones muy puntuales, siempre se representa el Templo de Salomón asentado sobre quince escalones. Estas quince gradas representan los quince salmos graduales que se recitaban según se iba ascendiendo al santuario. El apócrifo dice que San Joaquín se queda sentado en la tercera grada y la Virgen-niña fue imbuida de gracia y sigue ascendiendo Ella sola; dice el texto que sube danzando. Es curioso que esta imagen no sea la que vemos en nuestros cuadros, ya que se presenta a María subiendo Ella sola, sin ayuda del padre, para manifestar la plena voluntad de su consagración. La Niña sube sin mirar atrás, ágil y sin dudar. Todos se sorprenden de la decisión de María.

El evangelio del Pseudo-Mateo, hace nombrar al Sumo Sacerdote como Abiatar, que sería a su vez el que realizara, once años después, los desposorios de José y María. Otros lo quieren llamar San Zacarías para relacionarlo con Zacarías e Isabel, prima de María y padres del futuro San Juan Bautista. Los bizantinos optan por esto último cuando representan con aureola al Sumo Sacerdote.

En Occidente se representa al Sumo Sacerdote con los brazos abiertos esbozando un abrazo, que a alude a la Cruz, mostrando el papel de María al pie de la Cruz, signo de su futura vocación de mediadora, tal como lo afirma el Protoevangelio de Santiago. Es muy hermoso contemplar como la consagración debe aprender, desde el principio a abrazar la Cruz. Esto sirvió para muchas predicaciones de esta fiesta. Quien se consagra es para abrazar en su cuerpo la propia entrega y configurarse con el Señor.

En algunos casos Joaquín y Ana pueden portar ofrendas, pero esto en el menor de los casos. Por ejemplo Giotto, suele presentarlos con las dos Tórtolas, al modo que José con la presentación de Jesús, narrada en el Evangelio de Lucas. De este modo se ponía de relieve la lectura de estas dos escenas. En algunos programas iconográficos se ponían en paralelo, en paredes enfrentadas, las vidas de María y de Jesús. Esto ayudaba a comprender que la carne de la naturaleza divina de Jesús es la misma que la de María. Que Dios se ha preparado un cuerpo para hacerse hombre.

Muchas veces parece que Santa Ana habla, proclamando las grandezas de Dios por dejarle engendrar en la ancianidad (como nos dicen los apócrifos) a una criatura tan pura. Esto se representa con una actitud orante de la madre de María o con los labios abiertos.

El valor simbólico de la fiesta es la que cobra protagonismo en este día en la Iglesia. La disponibilidad en la consagración, la aceptación de la Voluntad divina y la generosidad y abnegación creyente de María son el ideal de todos los creyentes que se acercan al Santuario de Dios.

 

Fuente: Daniel Rodríguez Diego, lexorandies.blogspot.com