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Homilía: 12º Domingo del Tiempo Ordinario

El Señor hoy nos dice: “no temáis” y “temed”.

No tengáis miedo a los hombres, que se ríen de vosotros u os persiguen, e incluso pueden llegar a matar vuestro cuerpo. Aquí nosotros podríamos añadir hoy: no tengáis miedo al coronavirus. El miedo es un sentimiento que paraliza, que impide que actuemos con libertad, que nos puede hacer reaccionar de manera violenta, e incluso puede llegar a hundirnos. ¡No tengáis esos miedos!, nos dice Jesús.

Y la solución que da, curiosamente, es: “temed“. Temed a quien puede condenar el alma y el cuerpo en el fuego del infierno. Este pasaje a veces lo interpretamos como que hay que tener miedo de lo que nos separa de Dios, y eso es cierto. Pero Jesús nos habla de alguien, alguien con poder para juzgar y, en consecuencia, condenar. Y seguidamente hace referencia explícita al Padre celestial, que tiene que dar su consentimiento hasta para que un gorrión caiga al suelo. Es decir, Jesús nos está hablando de Dios, nos está diciendo: temed a Dios, porque el que teme a Dios no tiene esos otros miedos que paralizan.

Pero, ¿a qué se refiere Jesús con el temor de Dios? El Antiguo Testamento nos dice: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría”. El temor de Dios consiste en el reconocimiento del poder de Dios, en el concederle el lugar que le corresponde como el Creador y dueño de la vida, en el sometimiento a su autoridad suprema. El que no teme a Dios, en cambio, termina por colocarse en su lugar: quiere tenerlo todo bajo control, pretende establecer lo que es bueno y lo que es malo… Pero, como es limitado, termina por caer bajo el miedo a lo que lo supera.

Jesús no viene abolir este temor de Dios, sino a perfeccionarlo invitándonos a llamar a Dios: “Padre”. ¡Qué pasó más hermoso!: Ese Dios poderoso y justo es nuestro Padre que nos ama y nos ha enviado a su Hijo. Del respeto y la confianza, pasaremos al amor. Pero no lo olvidemos, el primer paso es el temor de Dios bien entendido.

La solución, por tanto, para no dejarnos llevar de los miedos que nos acechan, es confiar en Dios, que está por encima de todo, lo sabe todo, lo puede todo y nos ama infinita y misericordiosamente.

A lo mejor en estos días nos hemos preguntado qué hace Dios en esta pandemia. La respuesta es que, aunque Él solo puede gozarse en el bien, a veces permite el mal. Lo tiene que permitir; si no, no pasaría. Sin embargo, en ese mal que permite, no nos abandona. La prueba de ello está en la cruz. Por eso, no tengas miedo a los hombres ni a sus persecuciones, no tengas miedo a un virus que puede matar el cuerpo. Teme a Dios, es decir, confía en Él.

Esto no quiere decir que actuemos temerariamente, ni mucho menos. Al contrario, tenemos que cumplir con responsabilidad lo que nos piden las autoridades. Mas, una vez que lo hemos cumplido, pongamos toda nuestra confianza en el Señor que nos protege, que nos ayuda, que nos acompaña, que nos ilumina, que nos sacará adelante. Dios es nuestra roca; a Él nuestro temor y nuestra confianza. 

María, auxilio de los cristianos, nos conceda temer a Dios como creador y juez, y amarlo como padre y hermano.