BoletínLecturas recomendadas

Lecturas recomendadas: 24ª semana del tiempo ordinario

1. Lectura del Evangelio del domingo 13 de septiembre

San Mateo 18, 21-35

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta:

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:

“Págame lo que me debes”.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:

“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”.

2. Lectura de la Madre Trinidad

La iglesia y su misterio, tema “Padre” 

Alma-Iglesia, tu vida es vivir en intimidad sabrosa con las divinas Personas, en comunicación con la Familia Divina. Es asomarte a la cara de nuestra Iglesia santa para contemplar en su faz hermosa el rostro infinito de nuestro Padre Dios. Es vivir tu filiación divina; estar como el pequeñuelo en el regazo de su padre; sentarte en las rodillas del Eterno para decirle tu secreto de amor, y escuchar embelesada el habla que el Amor dice a tu alma.

La vida del hombre sobre la tierra es un regalo del Amor Infinito, que nos creó para hacernos participar, saborear y vivir de su vida. Toda nuestra vocación, ambiente espiritual, modo de vivirlo, orientación y fisonomía de cristianos podría describirse en la postura del pequeño que mora y descansa en el regazo amoroso del Padre. Llamar Padre a Dios es nuestra fisonomía espiritual; y rondando a esto va todo.