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Homilía: 6º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)

Dos caminos nos presenta hoy el profeta Jeremías: confiar en Dios o confiar en el hombre. Las imágenes que usa son muy expresivas: El que confía en el hombre –maldito se le llama– “será como un cardo en la estepa, habitará la aridez del desierto… su camino acabará mal”; El que confía en el Señor – dichoso se le llama– “será un árbol plantado junto al agua, junto a la corriente echa raíces, da fruto en su sazón, en año de sequía no se inquieta”.

También el Salmo nos presenta estas dos actitudes que puede tomar el hombre, con términos totalmente distintos. Somos libres para tener una u otra. Preguntémonos hoy: ¿Cuál de los dos caminos estoy siguiendo en mi vida diaria? ¿A quién acudo cuando tengo un problema, una enfermedad, un proyecto o una decisión importantes? ¿Solo a los hombres, solo a los “expertos”? Evidentemente, si nosotros estamos aquí es porque confiamos en el Señor, pero ojo, que se nos cuela el pensamiento del mundo, en el que Dios no cuenta para nada. ¿No nos pasa a veces que pensamos que Dios se ocupa de las cosas del alma, de la Iglesia y tal, pero de todo lo demás nos tenemos que ocupar nosotros? Ojo, que esto pasa…

Levantemos la mirada y démonos cuenta de que Dios es el Creador de todo, que es nuestro Padre y que quiere nuestro bien. Y, como consecuencia, pongamos en Él toda nuestra confianza. Tampoco nos vayamos al otro extremo y digamos: “Como Dios se ocupa de todo, yo a tumbarme y a esperar que Él trabaje por mí y me dé el salario a fin de mes…” Tenemos que esforzarnos, que poner en juego los talentos que el Señor nos ha dado, trabajar… pero siempre con la confianza puesta en Él y pidiendo su luz y su fuerza. En otro Salmo se dice: “Señor, todas nuestras acciones nos las realizas Tú”. Es nuestra mano la que trabaja, pero Dios quiere poner también su mano para que lo hagamos juntos.

Y, desde esta perspectiva de la confianza, podemos entender las Bienaventuranzas del Evangelio de hoy. Las de S. Lucas son solo cuatro, y después cuatro “ayes”. Bienaventurados los que pasan por los inevitables sufrimientos de esta vida con su confianza puesta en Dios, porque Él los acompañará aquí y los hará felices para siempre en la eternidad. En cambio, los que ponen su confianza en las cosas de la tierra, se van separando de Dios, antes o después experimentan el vacío y la decepción, y su desenlace será la ruina eterna.

María nos enseñe a darle a Dios todo honor y gloria, y también toda nuestra confianza.