BoletínCarta semanal del ArzobispoNoticias de la Iglesia

Aprende a ser, vivir y anunciar

¡Cuánta necesidad hay de hacer en este momento histórico que vivimos un pacto con la verdad de uno mismo y con la verdad de Dios! Esto llenará de alegría nuestra vida y aportaremos vida y esperanza a esta historia. En la pandemia que estamos viviendo suenan muchas voces, pero os invito a que en esta Cuaresma dejéis que Dios nos hable y nos dé palabras de esperanza y de cómo se alcanza la verdadera libertad. La historia que estamos viviendo nos obliga a saber mirar al mundo con esperanza, con ternura, con cálida y reposada mesura. Hay que eliminar todo aquello que se aleje de lo que realmente salva al mundo. Hoy necesitamos hombres y mujeres que no renuncien al deseo de santidad, cristianos que estén dispuestos a no traicionar a Dios y al mundo.

Necesitamos hombres y mujeres que, sin prejuicios de ningún tipo, tengan el atrevimiento de hablar con Dios y dirigirse a Él de esta manera: «Enséñame tu camino, instrúyeme en tus sendas. Que sea capaz de caminar en verdad, de abrir mi corazón a tu misericordia y tu ternura. Que perciba y experimente tu bondad, que sea humilde y valiente para poder ver lo que por mí mismo soy incapaz, pero que Tú, sin embargo, me revelas, y que con humildad lo sepa integrar en mi vida. Que vea no solamente si Tú me haces más feliz, sino también si soy capaz de hacer más felices a los que tengo a mi lado y provocar cambios en la vida. Empújame a responder a esta pregunta, ¿qué o quién mueve en el fondo mi vida? Que no tenga la tentación de huir de la soledad para responder a esta pregunta, que con valentía responda y también con esta valentía sepa reconocer que yo solo no me basto y que escuche entonces la voz de Dios». No te evadas, la pandemia nos ha puesto en la hora de la verdad. Hay una expresión de san Pedro Poveda que últimamente sostiene mi quehacer cotidiano: «Cuando lo de afuera nos mueve a la tristeza, echemos la mirada hacia dentro, a lo más secreto del alma, y encontraremos la alegría».

Con una pandemia que se alarga, con graves consecuencias en distintos ámbitos, percibimos más que en otros tiempos la necesidad de tener a nuestro lado maestros de la construcción del hombre interior, no deterioradores de la verdad del ser humano. A lo largo de la historia, en momentos de fuerte crisis de valores, grandes hombres y mujeres fraguaron caminos nuevos. Ahora, frente a los intentos de retirar a Dios a la esfera de lo pasado y de lo privado, urge su luz.

Recuerdo épocas recientes en nuestra historia de Europa donde parecía que no podían convivir lo profano y lo sagrado. Y la historia es también maestra. Hubo intentos de arrollar lo sagrado de muchas maneras, incluso con legislaciones que no reconocían la presencia de quienes legítimamente desean contar con Dios en sus vidas y hacer propuestas públicas. En momentos así también hay hombres y mujeres excepcionales que sienten la necesidad de reaccionar siendo testigos fuertes de Dios. No se ponen a llorar por los tiempos pasados, pues saben que en el hoy Dios está actuando y quiere provocar, desde el fondo de la vida, al ser humano para que descubra quién es y qué está llamado a hacer.

En esta Cuaresma y en este momento, recordemos las palabras del Papa Francisco, cuando nos dice que la Iglesia está llamada a transparentar la novedad del Evangelio «sine glossa», «el corazón del mensaje de Jesucristo» (EG 34), «el contenido esencial del Evangelio» (EG 265), la absoluta novedad que nos trae Él, pues «Él es siempre joven y fuente de constante novedad» (EG 11). En momentos de cambios históricos estamos llamados a impulsar una evangelización kerigmática, que toque el corazón del ser humano y nos provoque entrar en la verdad del hombre. Pero ¿qué es el kerigma? Es el amor misericordioso y salvador de Dios-Amor por su Hijo y en el Espíritu. Nos dice el Papa Francisco que «donde está tu síntesis, allí está tu corazón» (EG 143). Y el corazón de la fe se sintetiza en estos dos textos: «Dios es amor» (1 Jn 4,8) y «lo más importante es el amor» (1 Co 13, 13). Por ello, a todos los discípulos de Jesucristo se nos urge a vivir una espiritualidad evangelizadora (EG 259-283), pues así superaremos las tensiones que nos afectan (EG 79-106). En esta etapa tengamos la alegría de evangelizar frente a la tristeza individualista que cierra el corazón y produce cristianos «cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua» (EG 6). Como subraya Francisco, tienen que tener eco en todos los discípulos de Cristo aquellas palabras de san Pablo VI: «Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas» (EN 80).

En esta línea, en esta Cuaresma te invito a tres tareas:

1. Desarrolla tu capacidad de mirar. Aprende a mirar hacia dentro, en la profundidad. No tengas miedo; descubre tu mundo interior y lo que realmente más necesitas, escucha a Dios, mira cómo sin violentar tu vida te puede responder a las cuestiones más importantes de la misma.

2. Acude a quien te ayuda a desarrollar todas las capacidades y facultades, esas que te capacitan para entrar y acceder con mucha más hondura. Toma conciencia de que las cuestiones más importantes en tu vida las has de responder desde esa hondura.

3. Busca tiempos para escuchar a Dios, pues desarrolla en tu vida todo aquello que tiene que ver con estar bien con uno mismo y con los demás. Te hace respetar la integridad de los otros, no te deja arrastrarte nunca por aquello que no es consecuente con lo que eres y te ayuda a integrar en la vida aquello que se presenta como dificultad, sin que te haga daño ni a ti ni a los demás.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid